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Lunes 4 de abril de 2016
Queridísimos hermanos:

 

¡Paz y Gozo en Cristo Resucitado!

 

En nombre del Consejo General de la CSCV extendemos nuestras felicitaciones con motivo de su fiesta, a todas las Casas de nuestra Comunidad que han sido dedicadas a la Anunciación del Ángel a María Santísima.
¡El Verbo, el Hijo Único de Dios se ha encarnado en su seno virginal!
Que Ella nos ayude a crecer en la humildad y en el maravillarnos siempre de las grandezas que Dios en su infinito Amor ha hecho por todos nosotros, y quiere seguir haciendo con Su Presencia Viva, Sacramentada en medio nuestro.
Que nuestras Casas sigan siendo hogares encendidos de fe, de acogida y de encuentro para todos los que nos visitan y buscan a Dios. Y que en cada uno de nosotros se realice esa gran misión de ser portadores de Su presencia con la perfección de nuestras vidas.
Con un fuerte abrazo les saludo y felicito en nombre de todos sus hermanos de comunidad, a la vez que suplico hacerlo extensivo a todos los miembros de las Casas.

 

María Armenteros Malla
Directora General CSCV

Santa Catalina de Siena (1347-1380), terciaria dominica, doctora de la Iglesia, copatrona de Europa. Oración del 25 de marzo 1379

“El Todopoderoso ha hecho obras grandes por mí.” (Lc 1,49)

María, templo de la Trinidad, hogar de fuego divino, madre de misericordia…, tú eres el tallo nuevo (Is 11,1) que ha producido la flor que perfuma al mundo, el Verbo, el Hijo único de Dios. En ti, tierra fecunda, fue depositado el germen de este Verbo. (Mt 13,3ss) Tú has escondido el fuego en las cenizas de nuestra humanidad. Vaso de humildad donde arde la luz de la sabiduría verdadera…, por el fuego de tu amor, por la llama de tu humildad, has atraído hacia ti y hacia nosotros al Padre eterno…

Gracias a esta luz, o María, nunca te has parecido a las vírgenes insensatas (Mt 25,1ss) sino que rebosas de virtud y de prudencia. Por esto has querido saber cómo se podía realizar lo que el ángel te anunciaba. Tú sabías que “para Dios todo es posible”. No tenías duda alguna. ¿Por qué, entonces, tú dices: -no conozco ningún hombre-?

No te faltaba la fe. Era la humildad profunda que te hacía decir esto. No dudabas del poder de Dios, te considerabas como indigna de tan gran prodigio. Si fuiste turbada por la palabra del ángel, no era por temor. Mirándolo a la misma luz de Dios, me parece que era más bien por admiración. Y qué admirabas, pues, o María, sino la inmensidad de la bondad de Dios. Mirándote a ti misma, te juzgabas indigna de esta gracia y quedabas turbada. Tu pregunta es la prueba de tu humildad. No eras presa del temor sino de admiración ante la inmensa bondad.

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