Jóvenes, sean los santos del siglo XXI

benedicto-xvi-123Queridos jóvenes:

No es frecuente que un Papa u otra persona tenga la posibilidad de hablar a la vez a los alumnos de todas las escuelas católicas de Gran Bretaña.

Y como tengo esta oportunidad, hay algo que deseo enormemente decirles. Espero que, entre quienes me escuchan hoy, esté alguno de los futuros santos del siglo XXI. Lo que Dios desea más de cada uno de ustedes es que sean santos. Él les ama mucho más de lo que jamás podrían imaginar y quiere lo mejor para ustedes. Y, sin duda, lo mejor para ustedes es que crezcan en santidad.

Quizás alguno de ustedes nunca antes pensó esto. Quizás, alguno opina que la santidad no es para él. Dejen que me explique. Cuando somos jóvenes, solemos

pensar en personas a las que respetamos, admiramos y como las que nos gustaría ser. Puede que sea alguien que encontramos en nuestra vida diaria y a quien tenemos una gran estima. O puede que sea alguien famoso. Vivimos en una cultura de la fama, y a menudo se alienta a los jóvenes a modelarse según las figuras

del mundo del deporte o del entretenimiento. Les pregunto: ¿Cuáles son las cualidades que ven en otros y que más les gustarían para ustedes? ¿Qué tipo de persona les gustaría ser de verdad? Cuando les invito a ser santos, les pido que no se conformen con ser de segunda fila. Les pido que no persigan una meta limitada y que ignoren las demás. Tener dinero posibilita ser generoso y hacer el bien en el mundo, pero, por sí mismo, no es suficiente para hacerles felices. Estar altamente cualificado en determinada actividad o profesión es bueno, pero esto no les llenará de satisfacción a menos que aspiremos a algo más grande aún. Llegar a la fama, no nos hace felices. La felicidad es algo que todos quieren, pero una de las mayores tragedias de este mundo es que muchísima gente jamás la encuentra, porque la busca en los lugares equivocados. La clave para esto es muy sencilla: la verdadera felicidad se encuentra en Dios. Necesitamos tener el valor de poner nuestras esperanzas más profundas solamente en Dios, no en el dinero, la carrera, el éxito mundano o en nuestras relaciones personales, sino en Dios. Sólo él puede satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón.

Dios no solamente nos ama con una profundidad e intensidad que difícilmente podremos llegar a comprender, sino que, además, nos invita a responder a su amor. Todos saben lo que sucede cuando encuentran a alguien interesante y atractivo, y quieren ser amigo suyo. Siempre esperan resultar interesantes y atractivos, y que deseen ser sus amigos.

Dios quiere su amistad. Y cuando comienzan a ser amigos de Dios, todo en la vida empieza a cambiar. A medida que lo van conociendo mejor, perciben el deseo de reflejar algo de su infinita bondad en su propia vida. Les atrae la práctica de las virtudes. Comienzan a ver la avaricia y el egoísmo y tantos otros pecados como lo que realmente son, tendencias destructivas y peligrosas que causan profundo sufrimiento y un gran daño, y desean evitar caer en esas trampas. Empiezan a sentir compasión por la gente con dificultades y ansían hacer algo por ayudarles. Quieren prestar ayuda a los pobres y hambrientos, consolar a los tristes, desean ser amables y generosos.

Cuando todo esto comience a sucederles, están camino hacia la santidad. En sus escuelas católicas, hay cada vez más iniciativas, además de las materias concretas que estudian y de las diferentes habilidades que aprenden. Todo el trabajo que realizan se sitúa en un contexto de crecimiento en la amistad con Dios y todo ello debe surgir de esta amistad. Aprendan a ser no sólo buenos estudiantes, sino buenos ciudadanos, buenas personas. A medida que avanzan en los diferentes cursos escolares, deben ir tomando decisiones sobre las materias que van a estudiar, comenzando a especializarlos de cara a lo que más tarde van a hacer en la vida. Esto es justo y conveniente. Pero recuerden siempre que cuando estudian una materia, es parte de un horizonte mayor. No se contenten con ser mediocres. El mundo necesita buenos científicos, pero una perspectiva científica se vuelve peligrosa si ignora la dimensión religiosa y ética de la vida, de la misma manera que la religión se convierte en limitada si rechaza la legítima contribución de la ciencia en nuestra comprensión del mundo.

Necesitamos buenos historiadores, filósofos y economistas, pero si su aportación a la vida humana, dentro de su ámbito particular, se enfoca de manera demasiado reducida, pueden llevarnos por mal camino.

Queridos amigos, les agradezco su atención; les prometo que rezaré por ustedes, y les pido que recen por mí. Espero verles a muchos de ustedes el próximo agosto, en la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid. Mientras tanto, que Dios les bendiga.

Parte del discurso que el Papa dirigió a más de 4,000 estudiantes de escuelas católicas
de Gran Bretaña, a quienes se dirigió durante su visita al St. Mary’s University College de

Twickenham, el 17 de septiembre de 2010.

[©Copyright 2010 – Libreria Editrice Vaticana]

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